A estas alturas todo el mundo sabe que el aire de Madrid resulta irrespirable. En parte se lo debemos a su flamante alcaldesa (elegida por la gracia de Dios, que no por el pueblo), Ana Botella, que durante mucho tiempo consideró que la mejor forma de bajar los niveles de contaminación era trasladando los medidores a los parques. Y cuando alguien le preguntaba, siempre podía salir con la frase "más asfixia el paro". Cierto, nada mejor que resolver un problema centrándose en uno mayor.
Pero no voy a hablar de polución. Sino de otra cosa.
El títtulo del blog es muy claro: si el aire es de mala calidad, lo mejor es quitarlo. Y ustedes me dirán, "pero es que si nos lo quitan, nos moriremos", "ya, pero es que no está limpio, y está envenenando los pulmones", "pero mejor un aire de mala calidad que mata lentamente, que la ausencia de aire, que mata al instante". Aunque, ya puestos, lo mejor sería un aire de buena calidad, que no nos acorte la vida, ¿no?
Esto me sirve para demostrar como muchas veces se nos reconduce de manera intencionada el debate sobre la calidad de un producto o un servicio para evitar la pregunta clave: "al margen de si es bueno o no, al margen de si es mejorable o no, lo que antes tenemos que decidir es si es necesario o no".
Ese es el debate que se nos ha hurtado a los españoles cuando se habla de los servicios públicos, cuando se habla de la educación, de la sanidad, de los vuerpos de seguridad (sí, los bomberos son también servicios públicos). Se ha pasado directamente a su eliminación, lenta pero firme, con la escusa de que son de baja calidad, o improductivos, algo altamente discutible pero cuyo debate debería ir precedido de otro más importante: son necesarios o no.
Ya se lo digo yo, SÍ son necesarios, y eso lo saben las autoridades que intentan eliminarlos, por eso evitan el debate, ya que cuando alguien no tiene argumentos lo mejor que puede hacer es evitar hablar. Eso lo saben muy bien los políticos que evitan los debates constantemente (¿tengo que dar nombres?).
Y es que esos que nos quitan el aire, que nos quitan la vida, saben que si en algún momento descubrimos que los servicios públicos son necesarios, ante su mal funcionamiento (discutible, insisto) sólo queda una salida: mejorarlos, pero nunca, nunca, eliminarlos.
"La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061..." - Isaac Asimov
lunes, 18 de junio de 2012
La economía de un país es como la de una familia...desestructurada
Hoy en el aniversario del 15M he estado escuchando el especial que han realizado en la Cadena Ser con llamadas de los oyentes. De repente una mujer no ha podido más y se ha derrumbado en antena llorando, y gritando "austeridad es no tener que llevar nada a la mesa, no me hablen de austeridad".
Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad (no sé si los políticos y economistas que manejan todo el día las cifras macroeconómicas de un país la tienen, espero que sí) sentiría una punzada de dolor al escuchar a esa mujer.
Hace poco vimos a una ministra de Italia romper a llorar al dar a conocer los recortes que, en ese caso sí que estaba claro, se había visto obligada a hacer. Es ese tipo de sensibilidad hacia los problemas de la gente de la calle lo que echamos en falta en España, donde cada viernes salen nuestros ministros con una sonrisa de oreja a oreja frente a las cámara antes de dar a conocer sus decisiones, las cuales, espero que lo sepan, están lelvando a la desesperación a miles de personas, que ven cómo cada vez les cuesta mucho llevar comida a la mesa de su casa.
Ye en este punto es cuando me acuerdo una frase que he oído más de una vez: "la economía de un país es como la de una familia". No sé si eso tiene algo de cierto, o si alguna vez lo tuvo, pero desde luego que en la actualidad cuesta creerlo, ya que, visto lo visto en los últimos años, hay algo que diferencia a la forma de llevar el dinero por parte de un país y por parte de una familia:
Cualquier padre, o madre, o hermano, o primo, o cualquier núcleo de personas que dependan unos de otros para sobrevivir, hará cualquier cosa, repito, cualquier cosa, para evitar que sus familiares o amigos más cercanos pasen hambre, enfermen, sufran. Antes que ver que un hijo pase hambre, o que un padre muera por falta de asistencia, cualquiera de nosotros moverá cielo y tierra, venderá lo que sea, trabajará de lo que sea, incluso se saltará las normas, pero nunca, nunca, le dejará caer. Eso es lo que diferencia una familia de un país, o para ser más exactos, de los gobernantes de un país.
Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad (no sé si los políticos y economistas que manejan todo el día las cifras macroeconómicas de un país la tienen, espero que sí) sentiría una punzada de dolor al escuchar a esa mujer.
Hace poco vimos a una ministra de Italia romper a llorar al dar a conocer los recortes que, en ese caso sí que estaba claro, se había visto obligada a hacer. Es ese tipo de sensibilidad hacia los problemas de la gente de la calle lo que echamos en falta en España, donde cada viernes salen nuestros ministros con una sonrisa de oreja a oreja frente a las cámara antes de dar a conocer sus decisiones, las cuales, espero que lo sepan, están lelvando a la desesperación a miles de personas, que ven cómo cada vez les cuesta mucho llevar comida a la mesa de su casa.
Ye en este punto es cuando me acuerdo una frase que he oído más de una vez: "la economía de un país es como la de una familia". No sé si eso tiene algo de cierto, o si alguna vez lo tuvo, pero desde luego que en la actualidad cuesta creerlo, ya que, visto lo visto en los últimos años, hay algo que diferencia a la forma de llevar el dinero por parte de un país y por parte de una familia:
Cualquier padre, o madre, o hermano, o primo, o cualquier núcleo de personas que dependan unos de otros para sobrevivir, hará cualquier cosa, repito, cualquier cosa, para evitar que sus familiares o amigos más cercanos pasen hambre, enfermen, sufran. Antes que ver que un hijo pase hambre, o que un padre muera por falta de asistencia, cualquiera de nosotros moverá cielo y tierra, venderá lo que sea, trabajará de lo que sea, incluso se saltará las normas, pero nunca, nunca, le dejará caer. Eso es lo que diferencia una familia de un país, o para ser más exactos, de los gobernantes de un país.
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